28 ago. 2015

Una historia de amor y de caca!! No dejen de leerla!

Les comparto este cuentito breve que escribí para el Huffington Post
LA CACA

Llegué a la casa de Roby. Era la primera cita en su casa después de dos salidas maravillosas. El suyo era un departamento muy agradable. Tenía vista al parque y estaba decorado en forma minimalista y masculina. Yo estaba muy emocionada, seguramente en este tercer encuentro pasaría ¡lo que los dos estábamos esperando! Me tenía muy ansiosa esa situación. Roby era un caballero, y hacer el amor con él lograba despertar particularmente mi curiosidad. Quería saber si funcionaríamos dentro de la cama como hasta ahora fuera de ella. Es más, me intrigaba saber si ese primer contacto de nuestras pieles iba a ser entre sábanas. Apostaba a que en ese sentido este hombre era más bien audaz, y seguramente me iba a amar ¡sobre la mesa, en el balcón o en el baño!. El baño...
Mientras degustaba unos deliciosos bocaditos de su maravillosa cocina gourmet, porque no sé si mencioné que Roby es chef, me dieron unas tremendas ganas de ir al baño. Lamentablemente ¡a hacer lo segundo! Supongo que sería producto de mis nervios ante esta esperada pimera vez con él. No me hacía mucha gracia cortar esa plática tan romántica que estábamos teniendo, ¡pero mi cuerpo estaba reclamando un inodoro! Me levanté sutilmente, pedí permiso para pasar al toilette y caminando con un suave meneo, porque sabía que él iba a observar mi caminata gatuna, me dirigí a mi templo. Creo que la caminata tuvo demasiado movimiento pélvico porque apenas llegué a sentarme, ya que las ganas ¡se me hicieron incontenibles!
Mientras la parte baja de mi ser hacía su labor expulsiva, mi parte superior hacia un análisis del espacio. Siempre tuve la tendencia a observar baños ajenos. De éste era muy llamativo el espejo frente a mí. Cubría la pared por completo. No me veía muy glamorosa sentada con mis panties en los tobillos y la cara enrojecida del esfuerzo intestinal. En fin... un detalle poco acertado. Pero lo que sí era bello era el jacuzzi, rodeado de pétalos de jabón, botellas de diferentes tamaños que contenían espuma, y el piso de madera cual spa de lujo. El perfume a flores era delicioso aunque ya se estaba diluyendo para dejar paso a... Bueno, al olor que desprende lo que deshechamos naturalmente los humanos.
Por suerte el trámite había sido muy veloz. Ahora sólo quedaba higienizar bien la zona para disfrutar de la maravillosa velada que acababa de comenzar y que prometía chispas encandilantes. Tomé papel de baño y me limpié fuertemente. Saqué mis toallitas personales de mi bolso, y me hice una higienización extra. ¡Ahora sí! Subí mis panties, me arreglé el vestido y antes de apretar el botón del desagüe mire mi producto: "¡Muy bien!", pensé. "¡Grande y macizo! ¡No voy a tener barriga esta noche!".
Apreté el botón una vez, dos veces, ¡tres veces! ¡Nada pasaba! ¡Dios mío! ¡Nada! ¡Ese inodoro estaba muerto! ¿Cómo me podía estar pasando eso? ¿A mí? ¿Esa noche? ¡En su casa! Miré a mi alrededor buscando una cubeta para cargar agua y solucionar el problema. ¡Nada! ¡No había nada! Abrí un armario. ¡Sólo toallas y papel de toilet! Comencé a transpirar, tenía las manos húmedas, estaba nerviosa, angustiada, ¡casi por llorar! ¿Qué hacer? ¡No podía dejar eso ahí! ¡Flotando! ¡Como de regalo para cuando él se levantara a la madrugada! O peor... que lo viese previamente a que estemos juntos. ¡Su imagen rondaría su cabeza durante todo el acto sexual! ¡Qué desastre!
Y entonces, la lamentable e irremediable respuesta vino a mi cabeza: Iba a tener que sacrificar mi cita. Y quizás, la posibilidad de estar con un hombre maravilloso, porque después de lo que iba a hacer, seguramente no me volvería a llamar por creerme loca.
Tomé una enorme cantidad de papel higiénico. Agarré el maldito saboteador con la mano derecha como cazando al peor animal. Lo envolví. Busque una toalla del armario. Lo envolví de nuevo para mejor amortiguación de olor ¡y lo guardé en mi bolso! ¡SÍ, lo guardé! Ese día había llevado uno grande por suerte. Me lavé las manos rápidamente. Tiré un poco de espuma de baño al inodoro para disimular el color del agua. Respiré profundamente tres veces, ¡y salí!
"Roby, querido, me siento muy indispuesta. Por favor, hablemos mañana. De verdad, todo es hermoso. Tu casa, la comida, todo. No quiero arruinar la noche... ¡Me gustas mucho!" Le di un beso en su boca abierta de incredulidad, y me fui sin mirar atrás. En la esquina tiré a mi enemigo, y con los dientes apretados de la bronca me tomé un taxi a casa.
¡Quedé como una histérica desquiciada ante el pobre Roby! Pero mi honor estaba intacto. Si Roby veía mi producto en la tercera cita la relación estaba destinada al fracaso. Así, aún me queda una oportunidad. Y sólo... sólo si se convierte en el padre de mis hijos algún día le contaré la anécdota, ...sino ¡que quede entre nosotros, por favor!